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Es algo que estás esperando constantemente. Te han hablado de ello. Sabes que tiene que llegar… pero no lo hace. Hasta que un día, de repente: tu bebé se mueve. Recuerdo perfectamente como fue la primera vez que noté que mi pequeño estaba moviéndose dentro de mí. Al principio me despistó un poco el pensar que podrían ser unos simples movimientos de las tripas por hambre, pero al ponerme la mano sobre el vientre lo pude ver: esos movimientos extraños eran pataditas.

La sensación fue maravillosa. Lloré y corrí a llamar a mi marido para que pudiese vivirla conmigo. Cuando él situó su manita sobre mi tripa también lo pudo notar. Ahí estaba nuestro pequeño dando a entender que iba a dar guerra (y así ha sido, porque es un auténtico trasto!). Aunque mi embarazo había sido totalmente normal hasta ese día, a partir de ese momento fue incluso mejor. Me sentí tan tan bien y lo vi todo tan claro que los pequeños problemas cotidianos desaparecieron para mí. Nada de preocupaciones por lo gordita que me estaba poniendo y mucho menos por la ropa que iba a utilizar, me di cuenta realmente, de que había algo dentro de mí y de que eso era motivo suficiente por el que estar súper feliz. Comencé a controlar mejor mis ganas de comer, también me acostumbré al tamaño de mis pechos, a no estar tan hipersensible con la gente de mi alrededor y sobre todo nacieron en mi unas ganas inmensas de hacer deporte. Comencé a salir a caminar y hacer más ejercicio y extrañamente eso no producía en mi nada de cansancio. De hecho, antes de hacer sentía mucho más sueño cuando llegaban las nueve de la noche.

Puede parecer un hecho casi sin importancia, pero lo cierto es que la primera patadita de tu bebé puede influir de mil maneras sobre nosotras. En mi caso, vaya que si lo hizo! ¿y en el tuyo?

 

Imagen| Bigstockphoto