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El apéndice es un pequeño órgano que poseemos al final del intestino grueso. Tiene forma tubular y su función no ha sido aún determinada; se supone que actúa a modo de barrera de defensa contra las infecciones intestinales. A veces, y por múltiples causas posibles, se inflama e infecta, sobre todo en la infancia y, con mucha menor frecuencia, cuando nuestro nene es aún un bebé.

El problema en estos casos es la inespecificidad del dolor experimentado por nuestro hijo: aún no sabe decirnos qué le duele o cómo le duele. Es entonces cuando debemos redoblar nuestros esfuerzos para interpretar las señales. Sabemos que lloriquea, que tiene mal la tripita, pero ¿por qué? Una mala digestión, una gastroenteritis, gases… Las señales que han de disparar la alarma son las náuseas, la inacción, la fiebre y la suciedad en la lengua.

En este caso hay que actuar con celeridad: de lo contrario se corre el riesgo de perforación del apéndice, convirtiéndose en peritonitis, una enfermedad mucho más grave. Además, habría que operar, algo que, si se coge a tiempo, se puede evitar mediante tratamientos externos, mucho menos invasivos.

Así, en el momento en que se sospeche que algo no va bien, es necesario acudir al médico o pediatra que, ante los síntomas planteados, procederá, probablemente, a efectuar una serie de pruebas en nuestro bebé para descartar la apendicitis u otra infección del tracto digestivo. Así, le realizará un examen físico, sobre todo en las zonas abdominal y pélvica y analíticas de sangre y orina. También, probablemente, le realizará una tomografía.

La operación de apendicitis es rápida y sencilla, y no implica un postoperatorio complicado, por lo que, con toda seguridad, en un par de días volveremos a tener a nuestro bebé en casa, sano y salvo. Y en una o dos semanas, volverá a ser el pequeño activo y feliz que deseamos que sea siempre.
Imagen| Bigstockphoto