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Desde antes incluso de nacer, el sexo de nuestro bebé nos preocupa. No por las antiguas costumbres de legar al hijo varón las tierras y casar a la hija con un adinerado potentado, por suerte son épocas superadas, sino por algo mucho más frívolo: ¿hemos de comprarle ropita rosa o azul? ¿Muñequitas o camiones? ¿Cómo hemos de prepararnos? Ahora bien, estamos aún a tiempo de recapacitar: ¿de verdad que queremos condicionar a nuestro bebé tan pronto? Ya se encargará la sociedad, con su implacable acción educadora, que a menudo apenas si podemos matizar pese a nuestros más denodados esfuerzos, de dirigirlo hacia un camino u otro.

¿Hemos nosotras de forzar este camino desde el principio? Un amigo me llamaba el otro día preocupado porque su retoño sentía más apego por los juguetes de sus hermanitas que por los comprados para él. Me preguntaba, apurado, si no sería que su niño tenía algo «raro», en un alarde eufemístico para no resultar ofensivo. Lo tranquilicé. Su niño, de dos años y medio, era un niño fuerte, equilibrado y encantador al que le gustaba jugar con muñecas y sentía atracción por el color rosa. Mi amigo tenía dos opciones: acompañar a su nene en sus juegos, haciéndole ver que su elección es tan válida como cualquier otra, que él no es diferente a sus hermanitas y que esos juguetes y colores no son sino eso: juguetes y colores, sin más, o bien tratar de forzarle a vestir de azul y jugar con pelotas, haciéndole sentir que se le castiga a no hacer lo que quiere porque su sexo no es el correcto, porque eso es lo que se supone que «hacen los chicos». O sea, establecer desde ya una injusta diferenciación entre él y sus hermanas por razón de sexo. Limitar su libertad de elección. Mediatizarlo.

Nuestras fronteras mentales son casi siempre arbitrarias, absurdas. Destinadas a mantenernos en «nuestro papel» de por vida, sin poder escapar de sus irracionales fronteras. ¿En serio deseamos para nuestros hijos la frustración de verse atrapados en un papel no deseado, desde tan pequeñitos?

Imagen| Bigstockphoto