fbpx

Para nuestro pequeño todo es un juego. Por eso, cuando aprende algo se concentra con la misma intensidad en memorizarlo, ya sea cómo montar su construcción o cómo abrocharse correctamente la camisa. No tiene claro la diferencia y, por eso, le da a todo la misma importancia. Está aprendiendo a desenvolverse y lo que hace es aprender las “normas de juego”.

El problema es que en todo juego hay trampas. Y él intentará hacerlas. Intentará salirse con la suya cuando no le apetezca hacer algo, de la misma manera que apelotonará las piezas de su juego en cuanto se canse de colocarlas en el orden concreto. Pero hay que hacerle ver que ha normas que tiene que respetar. Que si se cae la torre que está montando no pasa nada, pero que si desobedece a mamá o a papá, sí. Que hay cosas que no son un juego.

Para ello, tenéis que ser muy claros en vuestra actitud. Las normas de este “juego serio” han de estar perfectamente definidas: esto se puede hacer y esto no. Sin medias tintas ni zonas grises. Y permanentes. No puedes dejarle hoy actuar a su antojo y mañana prohibírselo: no lo entendería como razonable, sino como dependiente de tu humor, con lo que le estarías incitando a manipularte.

Por otro lado, la mejor lección es predicar con el ejemplo. Si regañas a tu pequeño por mentir y él te pilla en un renuncio, ¿qué crees que pensará? Ten en cuenta que eres su modelo de conducta, la figura a la que aspira parecerse: con esta imagen en la mente, no importa cómo seas en realidad, ni cuantos defectos poseas: has de convertirte en la mejor versión posible de ti misma, para ser así el mejor espejo en que se pueda reflejar. Se lo debes.

Imagen| Bigstockphoto