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Hoy en día, lo escuchamos continuamente, los niños tienen más cosas que nunca. Juguetes, juegos, muñecos y peluches se amontonan sin orden aparente en sus habitaciones. Nos dicen los mayores: nosotros no tuvimos tanto y éramos felices. Pues bien, nuestros niños, ¿son felices? ¿Qué tenían nuestros padres que parece que no tienen nuestros pequeños?

La respuesta a esta pregunta es bien sencilla: tenían con quién jugar. Tenían quién les enseñara a jugar. Porque un niño no sabe nada: ignora que ese bicho peludo de colores está creado única y exclusivamente para su diversión. Necesita que lo estimulen a ello. Que le enseñen cómo es eso de jugar.

Por ello, esos momentos junto a nuestros pequeños, descubriendo con ellos nuevas formas y colores, texturas increíbles, aventuras inimaginables, son los que más les ayudarán a crecer y formarse como las personitas en potencia que son. Enseñarles a divertirse, a disfrutar, en un entorno de seguridad y confianza que sólo nuestra presencia les puede transmitir, permitirá que, el día de mañana, sean personas emocionalmente estables y con sólidas raíces a las que aferrarse.

El sonido de nuestra voz, el conocer, a través de nuestros gestos, de cuándo nos reímos y cuándo no, que algo está bien, que están haciendo lo correcto, que son apreciados, fomentará su seguridad en sí mismos y, paradójicamente, su autonomía. Por otro lado, nuestro contacto y presencia en esos instantes de liberación lúdica fortalecerá inmensamente el vínculo que nos une y nos unirá siempre.

Así pues, ¿qué niño posee más; el que puede perderse en la montaña de juguetes que bienintencionadamente le compraron o aquel que, tenga más o menos, puede jugar con papá y mamá? Y, por otra parte, ¿concibes felicidad mayor que tirarte al suelo para aprender con tu hijo lo bella que es la vida?

Imagen| Bigstockphoto