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Poco a poco hemos de ir educando a nuestro bebé, contrarrestando su natural desgana con unas dosis de necesaria disciplina; con todo el cariño del mundo, con suavidad y ternura, pero también con la firmeza que precisa la persona completa en la que, dentro de muy poco, se habrá convertido.

Uno de los puntos que más fricciones suelen causar es el de la higiene. Los niños, por naturaleza, tienden a descuidar su aseo personal. No es nada extraño: ni lo notan, ni les desagrada, ni son conscientes del peligro que supone para su salud la falta de higiene. Por eso tienden a considerar la insistencia materna en este ámbito como una “pesadez”, un capricho que han de cumplir. Una carga.

Para evitarlo, puedes transformar la hora de la limpieza en un juego. Recuerda que no distingue aún lo que es importante de lo que no, y se toma con la misma seriedad las normas del escondite como la obligación de lavarse las manos antes de comer. Si le haces sentir que se trata de un juego en el que no puede “hacer trampas”, evitarás que trate de huir de todo ello.

Recuerda también que eres su principal espejo en el que mirarse, de manera que, si le enseñas cómo lo haces tú, cómo lo hacen “los mayores”, estimularás su afán de imitación. Procura que te vean cuando lo haces a diario, para que lo interioricen como un hábito y no como una actividad aislada.

Que sus muñecos sean tus aliados. Tal y como tú le has enseñado, ¿por qué no le incitas a que se lo enseñe a su vez a su juguete favorito? Un cepillo de juguete, una pequeña esponjita o un jabón de plástico pueden afianzar la lección aprendida. Asegúrate de que la “lección” impartida por tu pequeño es la correcta: que le explica bien a su inerte compañero que existen unos bichos malos que tratan de hacerle daño y que desaparecen con la rutina diaria del lavado.

Poco a poco le vas enseñando a ser mayor. ¿No es maravilloso?

Imagen| Bigstockphoto